Seminario Internacional “El constitucionalismo mexicano: influencias continentales y trasatlánticas”

No es la feliz coincidencia con un aniversario más de la promulgación de la Constitución mexicana, lo que lleva al Senado de la República y demás organizadores a realizar este importante Seminario sobre el Constitucionalismo Mexicano y sus influencias continentales y trasatlánticas.

Las razones ya las han esbozado quienes precedieron en el uso de la palabra, destacando la amplitud con que se analiza el diagnóstico esclarecedor de una disciplina que es fundamental para el diseño de los Estados Nacionales.

Muchas respuestas podrán encontrar en este espacio de reflexión quienes hoy confunden, equivocadamente, las vicisitudes y conflictos de un país por avanzar en su desarrollo, con las características propias e inusuales de un Estado fallido.

Más allá de evaluar las razones esgrimidas por instituciones extranjeras para clasificar a un Estado como fallido, el distinguido jurista y participante de este seminario, el Dr. Diego Valadés, enumera cinco características clásicas que todo Estado debe tener para funcionar correctamente:

“Un Estado comienza”, cito, “por respetar su propia ley, hacer respetar la ley a quienes la infringen, se preocupa por el bienestar de la sociedad, procura la cohesión social y está abierto a los procesos de cambio que toda sociedad espera.” Hasta aquí la cita.

Tenemos en México dificultades, es cierto, algunas con rasgos genéticos de la globalización, otras circunscritas al territorio nacional y a nuestra propia historia e idiosincrasia, pero todas siendo objeto de atención de los poderes del país con seriedad y responsabilidad, por lo que parece un despropósito y un desconocimiento de nuestra realidad las aseveraciones que clasifican de manera peyorativa a nuestra gran Nación.

Pretender sentenciar a nuestro país como un Estado fallido es un verdadero acto fallido.

Es premisa fundamental del Foro brindar la mayor información que permita conocer los vínculos con expresiones legislativas de pueblos hermanos, que han abrevado de un constitucionalismo moderno que apenas rebasa los doscientos años de existencia, pues apareció a finales del siglo XVIII.

En efecto, las revoluciones americana y francesa constituyeron un momento decisivo en la historia del constitucionalismo, inaugurando nuevos conceptos y nuevas prácticas.

Singularmente paradigmático resultó el ejercicio realizado por los constituyentes de Virginia, ya que plasmaron en un documento, razones y principios que trascienden generaciones y que enriqueciéndose continuamente, han servido para la convivencia humana en el establecimiento de dogmas relativos a la igualdad, la libertad, la seguridad, la fraternidad, entre otros. De igual manera se han edificado instituciones que soportan y garantizan de forma orgánica la vigencia del Estado.

Más allá de haber enumerado ciertas prerrogativas, la importancia de la Declaración de los Derechos de 1776 se basa en el establecimiento de un catálogo completo de lo esencial del constitucionalismo, cuyo carácter fundacional no es hoy menos válido de lo que fue hace dos siglos: soberanía del pueblo, principios universales, derechos humanos, gobierno representativo, la Constitución como ley suprema, separación de poderes, gobierno limitado, responsabilidad y obligación de rendir cuentas del gobierno, independencia judicial e imparcialidad, y el derecho de la gente a reformar su propio gobierno, o poder constituyente del pueblo.

Este decálogo constitucional, considerado entonces nada más que una peculiaridad americana, pronto probó estar completamente entrelazado con el constitucionalismo moderno en una escala global. El 26 de agosto de 1789 se proclamó en Francia la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, el correlato europeo de las declaraciones americanas de derechos, y aquí de nuevo, como trece años antes, encontramos los elementos básicos del constitucionalismo moderno.

Adicionalmente, por primera vez en un documento constitucional, fue establecida la teoría de que solamente nos permitimos hablar de una Constitución en términos del constitucionalismo moderno si el texto cumple ciertos requerimientos definidos.

En consecuencia, en contraste con lo que había sido llamado “Constitución” en los tiempos precedentes, el constitucionalismo moderno quedó fijado en un número de elementos esenciales.

Ninguna Carta Magna que reclame su adhesión a los principios del constitucionalismo se ha atrevido abiertamente a desafiar ninguno de estos principios, cuando se ha idealizado la sociedad basada en la razón, que dispone de una base legal sólida para atender los intereses encontrados y los conflictos.

Tal y como había augurado e insistido el político y filosofo Thomas Paine, una Constitución así no podría ser jamás el acto de un gobierno, sino que precedería por necesidad a cualquier gobierno.

Muchos retos se presentan a partir de las definiciones y determinaciones que se produzcan en el seminario; sin embargo, me atrevo a adelantar algunas hipótesis:
¿Cómo hacer a la Constitución funcionar de acuerdo a las metas del constitucionalismo moderno: gobierno representativo para ampliar su legitimidad y para prevenir la corrupción; contar con autoridades transparentes y comprometidas con la rendición de cuentas, la participación democrática plural e incluyente? ¿Como hacer compatibles los espacios de libertad ciudadana con las restricciones que impone el combate a la inseguridad? ¿Cuáles son los datos personales que deben ser protegidos ante los alcances del derecho a la información?

Algo que debemos plantear en primera instancia es la adopción de un lenguaje más acorde con la evolución cultural de todo un siglo, que en buena medida ha posibilitado la expansión de libertades y el reconocimiento de espacios de igualdad que en el lenguaje postrevolucionario no aparecían.

En contrapartida, la experiencia reciente sudamericana muestra cómo algunos gobernantes utilizan el texto constitucional como camuflaje de sus afanes de perpetuación en el poder, toda vez que no es el ámbito competencial del ciudadano el que se agranda, sino el de la autoridad.

En el pasado fue muy recurrente que el monarca buscara magnificar su poder como en el caso de la Constitución Francesa de 1791, integrando al Rey en la nación. Sus más fuertes opositores le reprochaban los apetitos absolutistas, no obstante contener todos los elementos esenciales del constitucionalismo moderno, pero sus partidarios igualmente sostenían que en ninguna parte los expresaba.

Debemos evitar en lo posible las fachadas constitucionales para gobernar con características imperiales, como algunos autores refieren a los mandatos presidenciales de la segunda mitad del siglo anterior, ya que entran en abierta contradicción con el constitucionalismo moderno.

En no pocas ocasiones se han realizado foros como el presente y, sin seguimiento y compromiso con las conclusiones, hemos terminado merodeando con intentos de modificación constitucional que chocan con reticencias históricas al cambio. Esto ha producido, además de rezagos naturales con naciones más competitivas, un sentimiento de fastidio y frustración al reiterarse lo inalcanzable de acuerdos integrales sobre el concepto y los alcances de la Constitución.

Mientras tanto los conflictos derivados de la inseguridad, el desempleo, la crisis económica, el cuidado del medio ambiente y el agua, la óptima utilización de los recursos energéticos, la calidad de la educación, etcétera, se multiplican en nuestra vida cotidiana y en disputas y discusiones ideológicas que sirven para abundar las notas periodísticas al mostrar las diferencias de la clase política, pero que poco aportan a nuestros procesos de reforma.

La teoría del constitucionalismo moderno en México es una historia que necesita ser escrita. Los calificados comentarios que aquí seguramente se escucharán serán una buena base para incitar un nuevo pensamiento sobre la historia constitucional, en general, y sobre su impacto en diferentes países, en particular.

Es útil la mirada fresca que brinde nuevas luces en la propuesta constitucional de todos los países aquí acreditados. En vez de poner énfasis en la pregunta de cuándo y dónde las ideas e instituciones americanas o francesas fueron copiadas, como se ha hecho hasta ahora, este foro traslada la reflexión interior al marco de la perspectiva global, y eso es positivo en la medida en que se adoptan avances del exterior, pero se actúa localmente.

México requiere de soluciones validas a los problemas de hoy, que sólo pueden ser esbozadas por políticos teóricos que aprecian y entienden los aportes de los especialistas en la materia a la hora de redactar las leyes; de igual manera, México precisa de políticos pragmáticos que, además de discutir y opinar con solvencia sus creaciones y proposiciones jurídicas, sean capaces de construir y transformar las instituciones y realidades que el constitucionalismo del siglo XXI reclama.

Por eso, yo quisiera, si nos podemos poner de pie, con enorme satisfacción por la convocatoria y las grandes esperanzas por las conclusiones a las que arribemos, me es grato declarar inaugurado el seminario “Constitucionalismo mexicano: influencias continentales y trasatlánticas”.

Les deseo éxito en sus trabajos.

Gustavo Madero

Febrero 04, 2009

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